Opinión

De la intimidad

Artículo de opinión de Yolanda Núñez Gelado, directora de Enfermería en Desarrollo.

18 julio 2018 / Número 18 2 minutos de lectura

En las últimas semanas estamos recibiendo un aluvión de correos y notificaciones solicitando nuestra autorización, de manera explícita, para que las diferentes empresas u organizaciones puedan seguir teniendo acceso a nuestros datos: dónde vamos, qué nos gusta, en qué gastamos y cuándo nuestro dinero… Y vaya usted a saber cuántas cosas más.

Lo curioso de este inacabable goteo de solicitudes de autorización es que, al menos en mi caso, me ha ayudado a recapacitar sobre qué significa para mí que otros conozcan aspectos que forman parte de mi vida personal e incluso de mi esfera más privada o íntima. Y, por extensión, qué supone para los pacientes que los profesionales tengamos un acceso casi ilimitado a su intimidad, ya sea ésta considerada desde la esfera física o desde la psíquica.

Las enfermeras, para poder cuidar adecuadamente de la persona, necesitamos que ésta exponga una parte o la totalidad de su cuerpo (intimidad física) o que desvele aspectos de su vida íntima (esfera psicológica). Además, necesitamos trasmitir toda esta información a través de registros escritos que se incorporan a la historia clínica del paciente (confidencialidad).

Éste puede ser un buen momento para reflexionar sobre cómo estamos respetando, o no, estos aspectos tan importantes para cualquier persona. En mi opinión, merece la pena que nos detengamos a pensar en lo frecuente que sigue siendo encontrarse con situaciones donde no se tiene el suficiente cuidado de la intimidad corporal de la persona a la que cuidamos; o bien, vulneramos, sin siquiera darnos cuenta de que lo hacemos, tanto la intimidad psicológica como la información confidencial de quien ha depositado su confianza en nosotros.

Nos hemos acostumbrado tanto a ser testigos y a veces causa de la pérdida de la intimidad de las personas que para muchos ha dejado de ser tenido en cuenta, aunque solo en la práctica, porque la teoría todos la conocemos y decimos tenerla en cuenta siempre.

Éste, puede ser un buen momento para que cada uno de nosotros, en su puesto de trabajo, dedique un tiempo a analizar la realidad. Es decir, propongo que al igual que hemos invertido unos minutos en decidir qué parte de nuestra información, de carácter privado, estamos dispuestos a compartir, destinemos también un tiempo a analizar si en nuestro día a día estamos manejando correctamente el respeto a la intimidad de la persona, para después poder comparar si lo que pasa realmente es lo que tendría que ocurrir idealmente.

Sólo cuando respondamos a esta cuestión, seremos capaces de reconocer los aspectos a mejorar hasta que en nuestro trabajo diario tengamos en cuenta que toda persona, independientemente de su estado de salud, tiene derecho a que se le respete su intimidad en todas las esferas, incluso después de su muerte.

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