Cuando pensamos en Zanzíbar, la imagen que suele venir a la cabeza es la de playas de arena blanca, aguas turquesas y paisajes paradisíacos. Sin embargo, lejos de los complejos turísticos que aparecen en los folletos de viaje, existe otra realidad menos conocida. Hospitales que trabajan con recursos limitados, profesionales que asumen enormes responsabilidades con escasa formación especializada y pacientes críticos cuya supervivencia depende, muchas veces, de algo tan básico como contar con personal adecuadamente preparado.
Es precisamente en ese escenario donde trabaja Ana de Castro Martínez, enfermera de cuidados intensivos del Hospital Universitario Príncipe de Asturias y profesora asociada de la Universidad de Alcalá. Desde hace varios años compagina su actividad asistencial y docente con proyectos de cooperación sanitaria en África y, actualmente, dirige un programa de formación en cuidados intensivos impulsado por la Fundación NED en Zanzíbar.
Su historia con la cooperación internacional comenzó casi por casualidad, aunque ella reconoce que la inquietud llevaba años acompañándola. “Siento un amor hacia África que no puedo explicar. Así que, cuando apareció la oportunidad, decidí aprovecharla”. Fue de la manera más inesperada. Durante una fiesta, conoció a un fotógrafo que colaboraba con una fundación que trabajaba con mujeres masái en Tanzania continental. Una conversación derivó en otra, surgió un contacto y, poco después, le propusieron diseñar un proyecto de educación para la salud destinado a comunidades rurales. Lo que inicialmente iba a ser una experiencia puntual terminó convirtiéndose en un punto de inflexión profesional y personal. “Tuve que preparar contenidos sobre higiene, prevención de neumonías, tratamiento del agua o enfermedades infecciosas… pero, cuando llegué allí, me di cuenta de que no conocía ni el contexto ni las necesidades reales de las personas con las que iba a trabajar”.

Durante un mes y medio convivió con una realidad muy diferente a la que conocía en los hospitales españoles. No fue únicamente el impacto de la pobreza o de las dificultades sanitarias. Fue también descubrir que los conocimientos que había adquirido durante años debían reinterpretarse para ser útiles en un entorno completamente distinto. “Volví con una sensación muy clara: sabía trabajar en una UCI, pero todavía no entendía realmente qué significaba ser enfermera en otros contextos”.
Volví con una sensación muy clara: sabía trabajar en una UCI, pero todavía no entendía realmente qué significaba ser enfermera en otros contextos
Aquella experiencia la impulsó a cursar un Máster en Medicina Tropical y Salud Internacional. Más tarde, llegaron nuevos proyectos en Uganda, donde colaboró en la puesta en marcha de una escuela de enfermería y en la organización de programas formativos adaptados a las necesidades locales. Durante años, alternó su actividad asistencial con la cooperación internacional hasta que, tras la pandemia, encontró un proyecto que reunía dos de sus grandes vocaciones: África y los cuidados intensivos.
Pacientes que no pueden esperar
La Fundación NED (Neurocirugía, Educación y Desarrollo) nació de la iniciativa del neurocirujano valenciano José Piquer tras años de trabajo en diferentes países africanos. La organización comenzó desarrollando programas de neurocirugía en Zanzíbar, “una región donde determinadas patologías neurológicas infantiles presentan una incidencia especialmente elevada”, cuenta Ana. Poco a poco, el proyecto fue creciendo hasta contar con instalaciones propias dentro del hospital gubernamental de la isla. Sin embargo, el avance de la neurocirugía puso de manifiesto otra necesidad urgente. “Podías realizar una intervención compleja, pero después esos pacientes necesitaban una unidad de cuidados intensivos. Sin una UCI adecuada, muchos de los resultados quirúrgicos corrían peligro”.

En 2018, comenzó a desarrollarse el proyecto de cuidados intensivos de la fundación. Inicialmente, los profesionales voluntarios viajaban a Zanzíbar para trabajar directamente con los equipos locales, ayudando tanto en la atención a los pacientes como en la formación diaria. Con el paso del tiempo, comprendieron que el verdadero reto no era cubrir temporalmente una necesidad asistencial, sino generar conocimiento que permaneciera en el sistema sanitario local. “La cooperación tiene sentido cuando consigue que las personas puedan continuar solas. Si dependieran siempre de nosotros, el proyecto no sería sostenible”, afirma.
La cooperación tiene sentido cuando consigue que las personas puedan continuar solas. Si dependieran siempre de nosotros, el proyecto no sería sostenible
Aptitudes y gran actitud
Esa reflexión dio lugar a un cambio de estrategia. En lugar de centrar los esfuerzos únicamente en la asistencia clínica, la Fundación NED decidió apostar por un programa estructurado de formación especializada para enfermería. Hoy, Ana dirige una certificación en cuidados intensivos que se desarrolla a lo largo de seis meses y que permite formar cada año a varias promociones de profesionales locales. El programa incluye contenidos sobre fisiopatología, monitorización, soporte respiratorio, atención cardiovascular, cuidados renales y manejo de pacientes críticos. También incorpora módulos adaptados a las necesidades concretas de la región, como enfermedades infecciosas prevalentes o liderazgo clínico.
La metodología combina clases presenciales, sesiones online impartidas por profesionales internacionales, simulación clínica y una estrategia de aprendizaje especialmente interesante: los propios alumnos deben convertirse en docentes. “No queremos que memoricen contenidos. Queremos que sean capaces de transmitirlos después a otros compañeros. Esa es la clave para que el aprendizaje sea sostenible”.

Las diferencias respecto a la formación especializada que reciben los profesionales en España son enormes. Ana explica que muchas enfermeras llegan a trabajar en cuidados intensivos con estudios muy básicos y sin una preparación específica para afrontar situaciones complejas. “Saben administrar un tratamiento o realizar una técnica, pero no han recibido formación suficiente para valorar cambios clínicos, interpretar alarmas o identificar complicaciones graves. Y en una UCI eso marca una diferencia enorme”.
Trabajar en cooperación exige conocimientos clínicos, pero también habilidades personales que no siempre aparecen en el currículum. Por eso, cuando la fundación busca nuevos voluntarios, no solo valora la experiencia profesional. “Necesitamos personas capaces de adaptarse. Allí, las cosas no funcionan como aquí. Puede irse la electricidad durante horas, quedarse una zona sin agua o cambiar completamente la planificación de una semana en cuestión de minutos”.
La capacidad de improvisación, la resiliencia y una actitud abierta son tan importantes como los conocimientos. También es imprescindible poder desenvolverse en inglés, ya que toda la formación se imparte en ese idioma. A cambio, quienes participan descubren una manera diferente de ejercer la profesión. “Aprendes a trabajar con los recursos que existen, no con los que te gustaría tener. Eso cambia completamente tu forma de pensar”.
Vuelta a ‘la realidad’
Si viajar a África transforma, regresar tampoco resulta sencillo. Ana reconoce que una de las partes más difíciles de la cooperación es, precisamente, la readaptación posterior. “Hay cosas que dejan de encajar igual cuando vuelves. Te cuesta entender determinadas preocupaciones cotidianas después de haber convivido con personas que tienen muchísimo menos”. Recuerda especialmente el contraste entre los recursos sanitarios disponibles en ambos contextos. “Allí, reutilizan materiales porque no existe otra opción. Aquí, en ocasiones, ves cómo se desechan recursos prácticamente nuevos. Al principio, cuesta asumir esas diferencias”.
Sin embargo, no cambiaría ni una sola de las piedras que ha tenido que esquivar por el camino. Después de más de una década vinculada a proyectos de cooperación internacional, asegura sentirse más tranquila profesionalmente y más rica a nivel personal. “Me ha dado seguridad, perspectiva y una forma diferente de entender tanto la profesión como la vida”.
Me ha dado seguridad, perspectiva y una forma diferente de entender tanto la profesión como la vida
¿Quieres formar parte?
Mientras prepara un nuevo viaje a Zanzíbar, Ana continúa buscando profesionales que quieran sumarse al proyecto y aportar su experiencia a la formación de futuras generaciones de enfermeras africanas.
Su mensaje para quienes llevan tiempo pensando en dar el paso es sencillo. “El miedo es normal. Todos tenemos dudas antes de hacer algo que nos saca de nuestra zona de confort. Pero, muchas veces, los sueños están justo al otro lado de ese miedo”.
El miedo es normal. Todos tenemos dudas antes de hacer algo que nos saca de nuestra zona de confort. Pero, muchas veces, los sueños están justo al otro lado de ese miedo
Y añade una reflexión que resume años de trabajo y aprendizaje: “la cooperación no consiste únicamente en ayudar. Consiste, también, en dejarse transformar por las personas que conoces”.
Quienes deseen conocer más detalles sobre el proyecto y formar parte de la próxima convocatoria pueden consultar información extra aquí, contactar directamente con Ana de Castro en anacristina.castro@uah.es o dirigirse a enfermeriaendesarrollo@fuden.es, desde donde retransmitiremos los mensajes y solicitudes a la fundación.